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SOBRE EL TIEMPO PRESENTE
Juan Bosch: moralista problemático (17)
Por Andrés L. Mateo
“Si no puedo ver por mí mismo la liberación de este pueblo, la veré a través de mis ideas”- escribió Juan Bosch.
Y se dispuso a construir un partido dotado de una misión especial.
En esos trajines se enfrentó al dilema del escultor: conocer al dedillo la materia prima con la cual trabaja sus figuras.
No hay en la historia política dominicana un partido que tenga una génesis intelectual tan profunda, y en particular, una definición de sus componentes de clase tan detallada. Mucha gente se burlaba de aquellas categorías de “baja y muy baja”, “pobre y muy pobre”, etc; que poblaban el imaginario analítico del profesor, a la hora de esculpir el escurridizo perfil del pequeñoburgués. Pero él insistía e insistía, como si su obstinación fuera un loco viaje a su propia imaginación.
“Los miembros del PLD son mayoritariamente pequeñoburgueses de inclinaciones revolucionarias, y no puede ser de otra manera porque el atraso de la sociedad dominicana no ofrece la posibilidad de que aquí se organice por ahora un partido obrero”, proclamaba, definiendo la táctica y la estrategia. Pero enseguida alertaba:
“A los miembros del PLD se les enseña con el estudio y el trabajo cuáles son los peligros a que se expone el país si abandonan por un momento nada más la vigilancia que deben mantener sobre las tendencias disolventes y los vicios de la pequeña burguesía”.
Pese a estas precauciones, “los vicios de la pequeña burguesía” saltaron el cerco tendido por las previsiones teóricas, e incluso se enfrentaron en vida a los temores de su creador.
El PLD se fundó el 15 de diciembre de 1973, y ya en el IV Congreso, Juan Bosch dio un portazo colérico, el 15 de marzo de 1991; renunciando a la dirección del partido porque “se había desarrollado una corriente de oportunistas pequeñoburgueses que sólo desean obtener.
El pensador no pudo “ver por sí mismo la liberación de este pueblo”, y tampoco la verá a través de sus ideas. Murió “en la soledad burguesa más irremediable: la del creador” – como dice Jean Paul Sartre-; y frente al enriquecimiento desmedido de los pequeños burgueses dentro de su partido, su papel, y el de sus ideas, son apenas el de un querubín deslucido.
Nació para colmar la gran necesidad de su verdad solitaria, tremoló en la defensa de los miserables, pero la medusa pequeñoburguesa lo venció, deshilachó sus ideas y lo dejó clavado en un sinsabor asombrado.
A ese discipulado corrompido ahora le disgusta el ingrato olor de sus virtudes, y lo acusan de haber vivido en el aire y de husmear la realidad sin demasiada esperanza, como si le reprocharan sus arrebatos, su majestad, su dignidad, su honestidad y su orgullo.
Pero el sobreponerse a cierto desagrado es la mejor prueba de que su virtud no era cosa fácil; y hay que jugar a la pasión para entender ahora todo el amor verdadero que albergó el corazón de aquel hombre triste, que cometió el loco error de tomar la vida como una epopeya.
El autor es Ensayista
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